Israel/Palestina 2014 y la Educación – exclusivo

Felipe Zurita Garrido

Sí, yo estudié durante toda mi enseñanza básica en la Escuela República de Israel E N°50. Se trata de una de esas antiguas escuelas con número, pública, pequeña y ubicada en las cercanías del centro de Santiago. A principios de los 90´ esta escuela mostraba parte de los últimos estertores de la educación pública chilena: tenía compañeras y compañeros de diferentes orígenes culturales, económicos y sociales; los espacios y prácticas de la escuela, si bien se mostraban humildes, estaban teñidos de cierta ritualidad y sobriedad estatal; contaba con un cuerpo docente mayoritariamente femenino y de formación normalista que llamaba mucho la atención de los estudiantes por su firmeza, rigurosidad y profundo compromiso con su trabajo. Si bien cercanos, eran otros tiempos de la educación en Chile.

También eran de esos tiempos un perfil de directivos que, de una u otra forma, se encontraban vinculados a la Dictadura Militar, ya sea porque eran nombrados directamente por las Municipalidades controladas por esta o simplemente porque se formaron como tales en un contexto de persecución y expurgación a cualquier oposición política o gremial dentro de las instituciones educativas. Recuerdo con cierta clareza a una Inspectora General en particular, la Señora Blanca, una mujer alta, rubia, refinada en sus gestos y habla, dura en sus expresiones y que de una manera extraña disfrutaba de violentar a las y los estudiantes que osaban romper alguna de la larga lista de reglas. Pisotones con sus tacos impecables, pellizcos en los brazos, interminables tirones de patillas, entre otras técnicas, eran parte de su repertorio. De una fisonomía similar era otro grupo de personas que comúnmente eran vistas por la Escuela: las Damas Israelitas. También elegantemente vestidas, estas mujeres visitaban la escuela de vez en cuando para participar de fiestas, actos formales, premiaciones. A diferencia de la Señora Blanca, las Damas Israelitas sí tenían una positiva recepción entre las y los niños, puesto que eran personas muy amables, cariñosas y generosas. Era conocido que ellas financiaban la compra de ciertos alimentos que eran repartidos diariamente a la totalidad de las y los estudiantes de la escuela, como así también, la compra de premios para estudiantes que sobresalieran en actividades académicas, culturales o deportivas. En fin, desde la mirada del niño que fui, la de ellas era una visita agradable.

Durante parte del tiempo que estudié allí no me llamó mucho la atención el nombre de la escuela. Si bien los días lunes, además de cantar el himno nacional de Chile, éramos amablemente invitados a cantar el himno nacional de Israel, no teníamos un mayor acercamiento a la historia o cultura de Israel. Las niñas y los niños de la escuela claramente no sabíamos absolutamente nada acerca de ese himno, a lo sumo nos reíamos al mirarnos intentando alcanzar notas y emitir sonidos extraños e incomprensibles. También teníamos una insignia de la escuela con el nombre de la misma bordado sobre la Estrella de David. Más allá de eso no había mucho. A medida que fui creciendo, la idea de Israel fue tomando forma: fui sabiendo algo de coraje con las historias de la Intifada, en los noticieros de la televisión cada cierto tiempo se mostraban enfrentamientos entre el Ejército de Israel y grupos palestinos, me conmoví muchas veces con las innumerables películas del Holocausto Judío de la Segunda Guerra Mundial, algunas veces aparecía una suástica dibujada en el frontis de la escuela y poco a poco me fue pareciendo más incomodo caminar por la calle con aquella insignia en mi ropa.

Varias cosas han cambiado desde que terminé mi educación básica en esa escuela, sin embargo, otras se prolongan hasta alcanzarme en el presente. Una de esas es claramente la prepotente y cobarde violencia ejercida por el Estado de Israel sobre el pueblo de Palestina y sobre los propios israelitas. Esas imágenes borrosas de la televisión de mi infancia se multiplican por mil y en definición HD en el presente, con miles de medios y actores circundando y mostrando lo que allí ocurre con una velocidad e instantaneidad apabullante. Con una claridad meridiana, que no quepa dudas, millones de personas van conociendo algo más sobre Israel a cada minuto y lamentablemente de la forma más dolorosa. Creo que algo que millones han conocido es que no existe escritura sagrada, perspectiva religiosa, argumento histórico, discurso técnico, prepotencia militar, slogan publicitario, miedo a represalia, arenga partidaria, sensación de seguridad, ganancia material, entre otros, que justifique la humillación y asesinato sistemático de un pueblo por parte de un Estado poderoso como Israel. ¿Qué tiene que ver esa situación con la educación podrán preguntarse algunos? ¿Qué se puede aprender de una situación tan profundamente vergonzosa como la que está ocurriendo? Varias cosas yo respondo, puesto que no es sólo desde lo bueno o bello que podemos y debemos interrogar nuestro mundo y nuestra existencia, por el contrario, las situaciones horrorosas tienen que ser visitadas e interrogadas…

En esa línea:

Primero; se muestra urgente conceptualizar al conflicto armado, el enfrentamiento en sí (más aún si se desarrolla entre grupos de fuerza de fuego radicalmente desiguales) como algo a evitar. De estas situaciones muy pocos salen como ganadores y sí muchos como perdedores, más aún aquellos que no quieren dicho conflicto y aquellos que no pueden escapar del mismo. Muchas veces estos conflictos son mostrados y abordados como algo propio del paisaje de la existencia humana: noticieros, películas, perspectivas políticas, dibujos animados, entre otros, se refieren a estos con una frivolidad y falta de perspectiva crítica asustadora.  Por lo mismo es urgente, pensando en la formación de nuestros niños y jóvenes, desarrollar y fortalecer una educación centrada en el valor de la paz y en el respeto de los derechos humanos. No estoy planteando aquí una perspectiva pacifista vacía, hay muchas situaciones donde la violencia armada lamentablemente se muestra como inevitable: los pueblos tienen derecho a defenderse de países, líderes o grupos que los oprimen, por supuesto (evidentemente este no es el caso de Israel hoy, puesto que el argumento del “ataque por defensa propia” se muestra tan falaz como el ardid lingüístico de la “Pacificación de la Araucanía” o el de la “Conquista del Desierto”, utilizados para conceptualizar el genocidio perpetrado por los Estados de Chile y Argentina hacia el Pueblo Mapuche en la segunda mitad del siglo XIX). No obstante lo anterior, la idea de conflicto armado o guerra no debe ser banalizada o desligada de su hedor a muerte, sufrimiento, injusticia. Hay que hacer todo lo posible, todo lo que esté a nuestro alcance, para construir una cultura lo más alejada posible de la aceptación, naturalización o resignación fatal frente a esta.

Segundo; íntimamente vinculado a lo anterior, es una tarea amplia y urgente, generar condiciones para que la sociedad civil ponga todos los límites legales, instituciones y éticos a todo aquel grupo político que buscan o aspiran a utilizar la fuerza del Estado, su cara violenta, como vía de resolución de conflictos de diverso tipo. Eso es una tarea a realizar en todo lugar. (¿Qué tan diferente podría ser Israel si otros grupos controlaran su Estado?).  

Tercero; en nuestra América Latina los dos puntos anteriores se muestran de una manera muy problemática. A lo largo de nuestra historia compartida muchas veces los nacientes Estados han sido usados de las formas más despreciables posibles de imaginar. Hasta hace poco tiempo, justamente, supimos de la devoción que compartía parte de nuestra clase política y militar por el uso de la violencia de Estado como forma de organizar nuestras vidas. Con una organización trasnacional las Dictaduras Latinoamericanas, lideradas por varias derechas políticas y por las Fuerzas Armadas, nos enseñaron lo peligroso que puede llegar a ser un Estado entregado a los delirios de poder y venganza de grupos enamorados de la violencia y del poder de fuego. ¿Cómo piensan y actúan hoy nuestros líderes políticos y nuestras Fuerzas Armadas? ¿Qué tan alejadas se encuentran de aquella perspectiva? Pienso que no hay muchos motivos para ser optimista con aquello: es común que las Fuerzas Armadas funcionen con una autonomía importante, tanto en lo doctrinario como en lo económico; es común que no sea conocida su línea formativa de las nuevas generaciones de militares y menos aún sus contactos más allá de las fronteras. Es decidora en esta línea el hecho de que la Escuela de las Américas, si bien bajo otro nombre y otra localización, siga operativa hoy en día, más aún ahora que Estados Unidos cuenta con varias bases militares en diferentes países de América Latina. En el caso de Chile, hemos visto como a pesar de vivir en un contexto democrático el Estado de Chile ha sido utilizado para sancionar y perseguir con violencia a dirigentes sociales, estudiantiles y gremiales. Más aún, hemos visto como el Estado de Chile ha tratado con una violencia descomunal al Pueblo Mapuche, que por más de cien años y legítimamente viene luchando por recuperar sus tierras, su vida. Pienso en Alex Lemun, Matías Catrileo, Jhonny Cariqueo, entre muchos otros…

 Me pregunto hoy si habrá entre los militares y políticos israelitas que planifican y/o ejecutan los ataques al Pueblo Palestino, hijos, nietos, familiares, amigos, de aquellas Damas Israelitas que conocí en mi infancia. Y si así fuese, me pregunto qué ocurrió, me preguntó en qué momento se perdió entre ellas y ellos esa vocación por ayudar a los demás, sobre todo a las y los niños. Me pregunto también cuántos de estos militares y políticos israelitas son descendientes también de las víctimas judías de la Segunda Guerra Mundial. Lo único claro es que el trabajo por construir un mundo más fraternal y digno para vivirlo es una tarea diaria, difícilmente acabada, a ser retomada de generación en generación. 

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