Basta de Paulo Freire y la barbarie – exclusivo

Mariano Narodowski

(versão portuguesa – tradução Felipe Zurita Garrido)

De las últimas movilizaciones populares acaecidas en Brasil, un cartel en el que se leía “Basta de Paulo Freire” recorrió medios y redes sociales.

La frase es relevante en el contexto de marchas que aglutinan a miles de ciudadanos brasileños que protestan por diferentes motivos. No es este el lugar donde analizar estas movilizaciones las que, a priori, generan el respeto de toda manifestación de la voluntad popular. Sin embargo, el cartel contra Freire, ese “basta” definitivo que debe reservarse al hambre, a la tortura, a la guerra o a la injusticia, aplicado en este caso al pedagogo brasileño, no puede dejarse pasar por alto.

No importa si estamos o no de acuerdo con Paulo Freire. En mi caso, invertí unos cuantos capítulos de algunos de mis libros y artículos para definir la majestuosidad de su obra educacional, aún no compartiendo la mayor parte de las pretensiones que se advierten en su discurso –atravesado por la voluntad omnímoda de la racionalidad moderna de los educadores- y hube de definirlo como el último de los grandes pedagogos de la modernidad, capaz de totalizar en un solo enunciado las dimensiones de la filosofía, y la praxis y capaz también de articular en forma coherente y consistente aquello que en estos tiempos posmodernos es tan lejano: la práctica educacional se deriva- se sigue necesariamente- de un puñado de conceptos  generales y abstractos que se naturalizan en un acto liminar del pensamiento.

Basta de Freire. Basta de un pedagogo es basta de todo  pedagogo. Basta de pedagogía: es la dilución  de la educación a un acto irreflexivo, la automatización divorciada de todo pensamiento. En síntesis, basta de Paula Freire es la barbarie. Una censura que clausura cualquier forma de debate, que nos retrotrae a formas pre lingüísticas de relación.

Es verdad que en sociedades atravesadas por conflictos sociales, cultuales e ideológicos sin resolver el basta a Freire puede ser la consecuencia de otros bastas a figuras antitéticas, contrarias o apenas parcialmente divergentes  a Freire, como la mía: una escalada en la que no se permite el disenso y se le anula la posibilidad del otro de construir la palabra. Una censura a veces sutil, a veces frontal que envanece la posibilidad de poner en palabras los disensos, delimitarlos con claridad, conformar la posibilidad de su superación.

Los “fachos” que quieren terminar con Freire y los “progres” que  no aceptan ni grietas ni limitaciones a su propio discurso, son las caras de una realidad que, de extenderse, pone en jaque a la mismísima posibilidad de educar.

Educar es extender el pensamiento en cualquiera de sus formas: un espacio en el que la palabra “basta”  jamás debiera aplicarse a las ideas del otro, sean las que fueren.

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